La mejor temporada de Euphoria
HBO
“─What? That's sick.
—I know, right?”
Esta nota contiene spoilers de la tercera temporada de Euphoria.
El título de la nota es un poco clickbait, pero no es una mentira totalmente; me gustó la tercera temporada de Euphoria. Lo que me interesa es desglosar lo que me pasó y salir de los polos de me gusta/no me gusta. Les propongo un recorrido que no creo que sea el único válido, pero del que estoy convencida de que se puede sacar algo en limpio, sobre todo para los que nos gusta el cine, la escritura y pensar en ellos.
Por si Telecentro no llega a donde vivís, te doy un poco de contexto. Euphoria es una serie estadounidense que comenzó en 2019. En sus inicios contaba la vida y obra de un grupo de adolescentes con todo tipo de problemas, desde adicción hasta amorosos. En esta temporada, los chicos crecieron y como dice el refrán: “Hijos chicos, problemas chicos; hijos grandes, problemas grandes”. Hijos no tengo, pero suena lógico.
En primer lugar, Euphoria es una de esas series en donde se habla mucho de quién la produce/escribe. Cuando ocurre, en general, no es para bien; pero sería estúpido ignorarlo y forzar una separación del creador de su creación. Sam Levinson no necesita que nadie (menos yo) lo justifique. Tenía una profesora que ante el comentario: “Voy a hacer de abogado del diablo…”, respondía: “El diablo no necesita abogados”. Tenía razón, no los necesita. No me consta, pero tampoco me cabe la menor duda de que a ese hombre blanco, millonario y privilegiado le faltan varios patitos en la fila; eso no lo voy a discutir. De todas formas, Euphoria me venía gustando en previas temporadas. Había algo para contar más allá de la típica serie adolescente; había diálogos precisos, una voz en off de Rue y los entramados complejos entre problemas típicos de la edad atravesados por fallas sistémicas. Por eso, me parecía que valía la pena ver esta temporada para saber si seguía ofreciendo lo mismo.
En primer lugar, ¿cómo no hablar de Cassie? Si pasas algún tiempo en internet, sabes de la polémica que ya inspiraba el personaje, que se acrecentó exponencialmente cuando salió el tráiler de esta temporada. Pero también sabrás que en estos cuatro años Sydney Sweeney (su intérprete) no se quedó atrás de su rol. Escándalo tras escándalo, la figura de la actriz cayó hasta el punto de ¿no retorno?1. Lo que comenzó con un chisme sobre infidelidad, se convirtió en acusaciones de publicitar una marca de ropa con contenido supremacista blanco. A este punto, el historial de Sydney en la realidad pesa tanto como el de Cassie en la ficción; no hacen cosas similares, pero —en ambos contextos— sus valores relativos morales se parecen. Por eso, al ver la escena donde la voz en off de Rue nos cuenta por qué Cassie haría lo que sea, aparece cierta doble crítica; su actriz es categorizada de la misma forma. Acá podríamos volver a la especulación de si S. L. es una persona horrible y S. S. le tendría que poner una orden de alejamiento, o si ella reescribió sus escenas (como muchos dicen); yo no tengo la verdad sobre esto.
Lo que sí creo es que la serie se alimenta del impacto visual. Las imágenes de Cassie vestida de bebé, los símbolos n4zis en el mismo capítulo, operan como combustible de una narrativa que necesita ese impacto constante. Cada semana teníamos imágenes nuevas del próximo capítulo para indignarnos. Si era una estrategia de marketing, funcionó. También se podría haber aludido a estas temáticas sin mostrarlas; aún se hablaría de ellas, pero no se replicarían. Pero de nuevo, no sé si Euphoria venía siendo una serie con un tono medido o caracterizado por una alusión indirecta.
El problema es que generamos una resistencia enorme al impacto visual. Tiendo a pensar que la ficción no tiene la culpa de esto. Los medios de comunicación (y redes sociales) muestran asesinatos sin censura, cuentan crímenes atroces de las peores formas y se replican entrevistas a empresarios que no piensan que sea importante la supervivencia de la humanidad; creo que todas esas cosas son las que generan tolerancia al shock. Somos organismos adaptados a la presencia continua de violencia, lo que provoca una respuesta disminuida ante la misma dosis.2
En el otro polo de las críticas hay una política puritana que me sorprende dado que estamos en el año 2026. Al leerlas, a veces pienso que ni el villano de la peor película de terror está tan obsesionado con que el sexo es malo como alguna gente en internet. Me parece que esto surge a raíz de proyectar expectativas erróneas en los personajes. Se habla de ellos como si fueran personas reales que nos pueden desilusionar con sus acciones. Es tierno que lo veamos así en la infancia, pero siendo adultos resulta un poco preocupante que no podamos distinguir la ficción de la realidad y creamos que estos muchachos/as son nuestros amigos.
Aparece un satélite de lo anterior: la tendencia a catalogar acciones de un personaje como “poco realistas” solo porque no nos gustan. Entiendo de dónde sale la observación, pero los personajes no son personas reales que tienen estructuras psíquicas de manual; son creaciones ficcionales que deben respetar la verosimilitud de su mundo. Esto significa que deben mantener la coherencia narrativa interna y las reglas diegéticas previamente planteadas. En el pacto de lectura (¿o visualización?), Euphoria también nos hizo creer que Jacob Elordi tenía 17 años, o que las chicas podían ir en stilettos al colegio secundario. Nada de eso ocurriría en la realidad, pero no ha habido quejas al respecto. Hay muchas otras ficciones que se anclan exclusivamente en respetar la psicología académica y el realismo a rajatabla; los invito a elegirlas si es lo que buscan.
Lo que a mí me interesa de la crítica de cine y del debate en redes es el intercambio de ideas. Pero cuando nos paramos en una posición moralista y “rompemos el juguete”, obligándolo a responder en términos que no le corresponden, también cerramos el debate porque nos perdemos de pensar cómo solucionar las problemáticas que trata. Euphoria no inventó OnlyFans ni el narcotráfico, nosotros lo hicimos. Está bien que nos desagrade el estado del mundo, sería una locura que no nos sucediera. Quizás deberíamos pasar más tiempo pensando en eso y no tanto imaginando un arco de redención para Nate Jacobs. Si la ficción inspira a mirar la realidad, si incomoda, quizás esté haciendo algo bien.
De cualquier forma, si les parece que no lo hace, siempre se puede dejar de pagar HBO, no mirar la temporada o no hacerle publicidad gratis. Lo que pasaría, como ya ha ocurrido en tantos otros casos, sería que olvidaríamos nuestra performance de la policía del arte3 hasta nuevo aviso.
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Me lo pregunto porque Hollywood es como la política argentina, a veces parece que el punto de no retorno no existe.
Parafraseando la definición médica de tolerancia y resistencia a los fármacos.






